La metamorfosis de Kafka.

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Cuenta un maestro chino que una vez hubo un hombre que, al dormirse, soñó que era una mariposa que soñaba que era un hombre. El sueño generó en él tal confusión que, al despertar, no supo si era un humano o una mariposa. Cierto es que a veces lo dudoso, lo difícil de resolver nos coloca en un contexto de angustia. El no saber, el no poder llegar a determinar la verdad de las cosas nos avecina a la fragilidad de la existencia y los límites de nuestro conocimiento. Sin embargo, a veces, la certeza contiene un caudal mayor de dolor y desolación. Precisamente, algo ambiguo y abierto a la posibilidad y la duda, hubiera sido una tranquilidad para Gregorio Samsa quien una mañana, apenas despertó, supo de manera inconfundible que se había convertido en un monstruoso insecto, de una vez y para siempre.

 

Estamos habituados a los cambios, a que la vida significa devenir. Estamos habituados a la evolución de la vida, de nuestro cuerpo. Nos guste o no, somos conscientes que ocurrirá. El drama no es el cambio, sino una transformación que nos va haciendo perder nuestro potencial, que nos coloca en un estadio de decrepitud y dependencia o una transformación que nos hace perder lo que consideramos mejor de nosotros mismos (sean estas cosas nuestra imagen o la familia o los amigos, o cualquier otro). Pero ese drama se ve aumentado cuando ocurren cambios imprevistos. Más aún si sucede que ese cambio no tiene explicación. Precisamente ambos elementos son los que impactan de ese primer párrafo donde queda asentada la nueva condición del protagonista. No se trata de un cambio natural, de alguien que atraviesa una situación diferente manteniendo su identidad, sino que se trata de un salto cualitativo, una mutación. Es la metamorfosis de un ser que se convierte en otro, de una especie diferente, tomando así su vida un curso absolutamente imposible en su evolución natural. Sin embargo todo eso parece aceptarse como algo natural ya que el personaje no cuestiona realmente su situación. Esta pasividad, esta suerte de resignación, es también un elemento llamativo y que compone uno de los elementos característicos del universo de los personajes kafkianos.

 

El cambio es asombroso, pero lo es en su aspecto exterior. En lo interior, Gregorio está acostumbrado a verse como un ser pusilánime, a no tener valor para nadie, ni para su familia ni para su jefe. El mismo se considera “un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio“, situación de la que no logra liberarse a causa de tener que mantener a su familia. La tranquilidad económica de su núcleo familiar y el esfuerzo por no llevar una situación deshonrosa hacia su apellido, hacia su casa, ha sido antepuesta a su propia dignidad como persona. En el fondo, la extrema naturalidad con la que es mirada la situación, como si todo lo que ocurriera fuera posible, proviene que el mundo exterior pasa a ser un reflejo oscuro del oscuro mundo interior, lo que es una constante de los personajes de Kafka.

 

Nada realmente interesante parece haber en la vida de Gregorio, tal como se desprende de las palabras de su madre para disculparlo frente al apoderado de la empresa donde trabaja. (“—No se encuentra bien— dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante la puerta—, no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado. ¡Cómo si no iba Gregorio a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio. A mí casi me disgusta que nunca salga por la tarde; ahora ha estado ocho días en la ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y lee tranquilamente el periódico o estudia horarios de trenes. Para él es ya una distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres tardes ha tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está colgado ahí dentro, en la habitación; en cuanto abra Gregorio lo verá usted enseguida. Por cierto, que me alegro de que esté usted aquí, señor apoderado, nosotros solos no habríamos conseguido que Gregorio abriese la puerta; es muy testarudo y seguro que no se encuentra bien a pesar de que lo ha negado esta mañana.“).

 

 Por lo tanto, aún para su familia es un ser sin interioridad, una mera superficie donde se depositan las miradas y donde los demás depositan sus consideraciones. Es, entonces, un ser objetivado desde fuera. Parece un ser abstracto, apenas configurado por el reflejo que obtiene de la mirada ajena. Es para los otros, pero no para sí mismo. Gregorio Samsa no es medido por los otros como persona sino por su rendimiento laboral. Así lo considera el dependiente, así parece considerarlo su familia porque necesita que él enfrente las deudas. No es otra la lectura que el protagonista hace del llanto de su hermana. Es precisamente por eso que, ya desde antes de convertirse definitivamente en un ser monstruoso, el protagonista no era considerado plenamente un ser humano.

 

Gregorio Samsa pertenece al silencio, a lo que se mantiene silenciado, encerrado, a oscuras. Y con esto no me refiero a esa monstruosidad de la cual la familia querrá deshacerse, sino que me refiero a él como identidad propia, como un yo, como un sujeto con una existencia única y valiosa por sí misma. La identidad de Gregorio Samsa es algo que permanece reconocido desde el interior del propio Gregorio, y que no logra manifestarse o que al menos no es reconocida plenamente por quienes lo tratan. Primero aparece considerado meramente el sustentador de la familia, lo que hace que no pueda dejar aflorar sus verdaderas ideas u opiniones, pues teme que eso haga que lo expulsen del trabajo. Y cuando ya no puede ser eso, ni puede ser otra cosa que un estorbo que termina por causar asco, será físicamente escondido, silenciado, recluido. Por eso en ese proceso se vuelven importantes los muebles, que son el último testimonio de su pasado humano (“Nada debía retirarse, todo debía quedar como estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia de los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado para otro, no se trataba de un perjuicio, sino de una gran ventaja.“)

 

El joven Gregorio llevaba una vida apagada, sin resaltar, apenas entretenido en hacer unos marquitos de madera, no para colocar pinturas que él realizara, sino para poner imágenes de revistas. Su mundo, a pesar de sus viajes, es un mundo pequeño, reducido. Un ser sin importancia en un mundo sin importancia. Al parecer, todo el valor del personaje se estructura sobre el hecho de ser el que mantiene económicamente a su familia. Es decir, todo su valor se estructura sobre un elemento absolutamente circunstancial. Y, lo que es peor, sobrevalorado por el protagonista, a partir de las actitudes familiares.

 

Y lo que muestra la falsedad de la vida cotidiana de Gregorio Samsa es que la metamorfosis no es sólo un proceso de Gregorio Samsa, sino de toda la familia, no solo como conjunto, sino de cada uno en particular. Esa familia que antes parecía vivir a expensas de Gregorio, como si nadie más pudiera cuidar de su supervivencia, poco a poco comienza a suplirlo hasta volverlo absolutamente innecesario. Porque el único rol del protagonista parece ser el económico. Su padre, adquiere un trabajo y vuelve a transformarse —en su postura corporal y en su indumentaria— en el pater familiae, incluso aplicando la violencia física sobre su hijo, o sobre eso en lo que se ha convertido su hijo. La madre pasa del afecto y justificación del hijo, al cansancio y el hastío de esa desagradable presencia. La hermana también pasa del afecto al odio. Y toda la familia termina por fin sintiéndose liberada. No solo porque se han deshecho de ese ser monstruoso cuya presencia era una suerte de humillación, sino porque se han liberado de sí mismos, de los roles en los que estaban encasillados. Pueden ahora, entonces, sentirse orgullosos de lo que han logrado ser.

 

De alguna manera, Gregorio ha sido el chivo expiatorio. Era —precisamente por sobre ocuparse de la familia— el signo resaltante de la decadencia de esa familia, hasta que termina por encarnar de manera evidente y visible todo el deterioro. De alguna manera pareciera que la existencia humana de Gregorio Samsa no era sino una virtualidad, una ilusión óptica. Ilusión que al desvanecerse pone en evidencia todo un entramado de valoraciones, una estructura de relaciones donde Gregorio —sin duda— no ocupa el mejor lugar.

 

Por el contrario, representa todo lo que la familia quiere esconder de sí misma. Por ello la familia quiere recluirlo, eliminarlo, hasta pretender echar a la sirvienta, a la persona que puede aún molestarlos con el recuerdo de Gregorio Samsa, pues es la única persona que no pertenece a la familia, construida ahora sobre un tácito pacto de silencio y de olvido.

 

 
Recomendación: Antes de leer “La metamorfosis”, te recomiendo que leas “Carta al padre” de Kafka. Dicho texto es la carta que le escribe a su padre, poniendo el acento en la relación con éste, y la relación familiar en sí misma. Podrás enterarte de gran parte del sufrimiento del autor, como asimismo hallar relaciones entre ambos escritos.