Características del Barroco español.

Características del barroco español

 

¿Cómo poder decir las cosas en una época sombría? Ese culto a la muerte que se posesiona, que obnubila el ambiente español, que al parecer no ve escapatoria a una atmósfera viciada, envenenada, podrida. ¿Tiene escape? Un Dios inocente no la ve; el país, avejentado, marrullero, pordiosero, tampoco. Quizá la aparición del barroco era, en las mentes ilustradas, una invitación a la revuelta. Más tarde, la Iglesia se daría cuenta de ello (¡era muy lista!) y dio paso a una especie de ‘reforma culta’.

 

Veamos: el barroco es una rebelión contra la conformidad, contra la serenidad y el equilibrio metódico del Renacimiento. Estamos, en muchos momentos, ante una crítica de la decadencia política del país, como sucedió en España con su ‘atraso contrarreformista’ durante el reinado de los Felipes, a partir del II. El Barroco tiene dos corrientes torales. Una de ellas es el culteranismo, que surge a principios del siglo XVII, de estilo artificioso, caracterizado por la latinización de la sintaxis y el vocabulario, las alusiones clásicas y la continua referencia a la mitología, las metáforas originales y la creación de una dicción poética lo más alejada posible del lenguaje corriente, es decir, elitista, dentro de un pueblo que no lee –porque no sabe– y eleva sus ojos hacia un Dios que no le ve. Se le conoce también como ‘gongorismo’, por el nombre de su principal representante, Luis de Góngora.

 

Dentro de elites engreídas y que ven el entorno como un ente viscoso, anodino, que sólo sirve para surtir las levas que España necesita para sus guerras –que nadie entiende–, no obstante, el culteranismo significó un enriquecimiento del poder creativo, original y expresivo del lenguaje. Por cierto, lo único que sirvió al imperio español fue ‘la bendición del ocio’ de todas las órdenes antiguas y modernas religiosas, lo que permitió a jerónimos, franciscanos, agustinos y jesuitas (los más avisados) a crear obras impresas y manuscritas de mucha valía. Decía Lapesa que si en una biblioteca ideal que reuniera todo lo escrito en el imperio español se suprimieran los libros de autores religiosos, quedaría vacía la mitad de los anaqueles. Y si añadimos ‘la falta de interés’ del pueblo, no hubo ‘mucha vida’ en una España que moría (Jovellanos, dixit) de murria e ignorancia.

 

Conceptismo

 

Volviendo al tema, la otra vertiente barroca, llamada ‘conceptismo’, se caracteriza por el recurso del ingenio, el uso sutil y alambicado de conceptos que da lugar a asociaciones inesperadas, efectos de antítesis y toda suerte de juegos verbales. En fin, en el choque súbito de los conceptos está la agudeza.

 

En otras partes de este estudio sobre la lengua nos hemos referido ampliamente a Quevedo como destacado conceptista. De esta suerte llegamos a una galería de creadores barrocos, algunos merecen mencionarse, entre ellos Fernando de Herrera (1534-1597), llamado por sus contemporáneos el Divino, y que por sus Anotaciones sobre escritos de Garcilaso creó una de las primeras obras de teoría y estilística literarias en castellano. Las obras especializadas lo señalan como la cumbre del ‘preciosismo retórico’ de la escuela poética Sevillana. Estuvo adscrito a la parroquia de San Andrés. Compuso poesía nacionalista con motivos heroicos (“Canción a la batalla de Lepanto”). También publicó en prosa en especial sobre temas históricos. Sus sentimientos amorosos le sugirieron cuartetas inflamadas de las que reproducimos algunas:

 

Yo vi unos bellos ojos que hirieron
con dulce flecha un corazón cuitado,
y que, para encender nuevo cuidado,
su fuerza toda contra mí pusieron.
Yo vi que muchas veces prometieron
remedio al mal que sufre, no cansado,
y que, cuando esperé vello acabado,
poco mis esperanzas me valieron.
Yo veo que se esconden ya mis ojos,
y crece mi dolor, y llevo ausente
en el rendido pecho el golpe fiero.
Yo veo ya perderse los despojos
y la membranza de mi bien presente;
y en ciego engaño de esperanza muero.

 

 

 

Culteranismo o gongorismo

 

En estos empeños, con cierta fortuna, sobresalieron Francisco de Medina, Baltasar de Alcázar (1530-1606) y Pablo de Céspedes (1538-1603).

 

De todos ellos ocupa lugar preferente una cumbre de la poesía española y firme heredero de Garcilaso de la Vega; de corte universal. Por su refinamiento recrea y eleva el brillo del castellano. Aunque deliberadamente oscuro en la metáfora es sonoro y expresivo, rico en matices e intención. Hablamos de don Luis de Góngora y Argote, cordobés universal.

 

Poeta andaluz nacido en 1561, en Córdoba, de cuna acomodada, e incluso noble, se acogió a temprana edad a una prebenda que un tío suyo renunció a su favor por lo que bajo las sayas protectoras de la Iglesia puedo librarse de algunas penurias –de las que no fue ajeno en otras etapas de su vida-. Por otra parte, en su juventud recibió reprimendas de un obispo, por andar “de día y de noche en cosas ligeras” y además de escribir “coplas profanas”. Así las cosas, vivió varios años en Valladolid, con visitas a Salamanca y Toledo, y parece que en algún pleito, cuyo fondo desconocemos, se enemistó con Quevedo, que andaba metido en quehaceres semejantes. Góngora fue figura relevante del estilo culterano y logró originalidad tal que, desde aquellos tiempos, se acuñó la figura de ‘gongorista’, no lejana de la de ‘extravagante’. Algunos manuales y diccionarios de la lengua la explican en el uso de una sintaxis de base latina, complicada por el hipérbaton; la acumulación de cultismos y de alusiones mitológicas, además de la tendencia a sustituir los datos reales por metáforas, perífrasis e hipérboles. Es decir, ‘rodeos’ para llegar a la médula del asunto; todo un problema para llegar al pueblo. También le valió que Menéndez y Pelayo la relegará, para que en 1927 fuera resucitada por los jóvenes poetas del 27. Había en Góngora dos estilos: uno, sencillo y oscuro, y el otro, luz y tinieblas (Francisco de Casoales).

Portada de las Soledades de Góngora (1612).
Foto: Antonio Alatorre, Los 1001 años de la lengua española, Bancomer,
México, 1979.

 

En el célebre cuadro que Velázquez dedicó a Góngora, se aprecia como con un aire malhumorado, pero no hay tal, lo que sucede es que el poeta perdió los incisivos desde muy joven. Él mismo refiere esa desdicha de manera humorística al declarar: “Ello no me impide de gozar plenamente del placer de la comida (…) La boca no es buena / pero a mediodía, / le da ella más gusto / que la de su ninfa.” Nuestro don Luis hacía alarde de graciosa malicia.

Su pluma dedica elogios a varios de los lugares por él visitados; así, al hablar de Salamanca, se expresa de esta manera:

 

‘Pasos de un peregrino son errante
cuantos me dictó versos dulce musa:
en soledad confusa
perdidos unos, otros inspirados.
¡Oh, tú, que de venablos impedido
-muros de abeto, almenas de diamante-
bates los montes, que, de nieve armados,
gigantes de cristal los teme el cielo;
donde el cuerno, del eco repetido,
fieras te expone, que –al cielo teñido suelo–
muertas, pidiendo términos disformes
espumoso coral le dan al Tormes!

 

 

 

Y del Tormes, salmantino, salta al rotundo Tajo que rodea Toledo, para proclamar, encendido de admiración: (la Virgen baja a la ciudad…)

 

Al cerro baja, cuyos levantados
muros, alta de España maravilla,
de antigüedad salían coronados,
por los campos del aire a recibilla…

 

 

 

Finalmente, en aire de donaires, no le duelen prendas a su ciudad y orgulloso de Córdoba y seguro, al mismo tiempo, de ser de una misma estirpe en serie con el latino Lucano, el árabe Ibn-Hazm y el castellano Juan de Mena lanza este bello soneto:

 

¡Oh, excelso muro! ¡Oh, torres coronadas
de honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh, gran río, gran rey de Andalucía,
de arenas nobles, ya que no doradas!
¡Oh, fértil llano, oh, sierras levantadas,
que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre glorïosa patria mía…
tanto por plumas cuanto por espadas!
Si entre aquellas rüinas y despojos
que enriquece Genil y Dauro baña
tu memoria no fue alimento mío,
nunca merezcan mis ausentes ojos
ver tu muro, tus torres y tu río,
tu llano y sierra, ¡oh, patria!, ¡oh, flor de España!1

 

 

 

Ya hemos dicho que sufrió estrecheces siendo capellán de Felipe III y, al parecer, no era el único, ya que el rey no era muy dado a estipendios generosos con gente más dada a la ‘holganza’ que a honestas labores eclesiásticas. Por su parte, cabe añadir que Góngora nunca desdeñó su oficio de versificar ya que, desde muy joven –en 1580, con unos 20 años– publicó letrillas, romances y sonetos en los que asoma su vena satírica. A partir de 1612 surgen: las Soledades, la Fábula de Polifemo y Galatea y también la de Píramo y Tisbe (alrededor de 1617).

 

La dulce boca que a gustar convida
un humor entre perlas destilado,
y a no envidiar aquel licor sagrado
que Júpiter ministra el garzón de Ida,
‘amantes, no toquéis, si queréis vida:
porque entre un labio y otro colorado
Amor está de su veneno armado,
cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas, que al Aurora
diréis que, aljofaradas y olorosas,
se le cayeron del purpúreo seno;
¡manzanas son de Tántalo, y no rosas,
que después huyen del que incitan ahora,
y sólo del Amor queda el veneno!
En otro soneto describe así a una “ninfa”:
(…) Mas luego que ciñó sus sienes bellas
de los varios despojos de su falda
(término puesto al oro y a la nieve)
juraré que lució más su guirnalda
con ser de flores, la otra ser de estrellas,
que la que ilustra el cielo en luces nueve.

 

Dámaso Alonso ha hecho una labor ingente en recuperar de su provisional ‘olvido’ al poeta cordobés; díganlo si no los tres volúmenes, con prefacio de Pere Gimferrer y la introducción del maestro Alonso. Esta labor se ve avalada por algunos conceptos de Azorín: “Góngora da, ante todo, la impresión de modernidad; es, de todos los clásicos, el más moderno…” Y quizás estos conceptos suscritos por los poetas de la Generación del 27 son el espaldarazo a una obra ingente de un español que, revestido de alguna oscuridad, empieza a resplandecer de nueva cuenta, al hombre que nació en una ciudad tan bella –él mismo nos lo ha recordado- “que privilegia el cielo y dora el día”.

 

 

 

 

 

Bibliografía

 

ALATORRE, Antonio, Los 1001 años de la lengua española, Bancomer, México,1979.
ANSÓN, Luis María,  Antología de las mejores poesías de amor en lengua española, Plaza y Janés, Madrid, 2001.
AZORÍN, Castellanías. Obras Completas. Tomo IV, Aguilar, Madrid,1948.
GÓNGORA, y Argote Luis de, Obras de don Luis de Góngora (facsímil del Manuscrito de Chacón, 3 vol.), introducción de Dámaso Alonso y prefacio de Pere Gimferrer, Real Academia Española.
MOIX, Ana María, “Un repaso a la poesía con Pere Gimferrer”, en el suplemento cultural Babelia, del diario El País (1/09/2001).

 

 

 

*Este texto forma parte de la serie El castellano: acerca de sus venturas y desventuras, de la cual ya se han publicado los artículos: “Cervantes” (revista número 59), “La lengua madre del imperio”(60), “Nacimiento del Idioma español en la roca cántabra” (62), “Canasta de ingenios” (63), “Del Marqués de Santillana a Garcilaso de la Vega” (71), “Tirso de Molina” (73), “Lope de Vega y Carpio”(75), “Tres rivales y un misterio (78), ” Juan Ruiz de Alarcón” (80), “Quevedo” (85), “Calderon de la Barca” (87), “El sereno y angélico Fray Luis de León” (89), “Incursión al misticismo. Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz” (91).
En números posteriores se continuará con la publicación de esta serie.